“Belleza y Verdad”. Auguste Perret

théâtre champs-élysées_auguste perret_paris_août_2009_04

Théâtre Champs Élysées, Paris

Contribución a una teoría de la arquitectura

Todo

lo que afecta al espacio,

ya sea estático o dinámico,

pertenece

al campo de la arquitectura.

La arquitectura

es

el arte

de concebir el espacio,

que encuentra

su expresión

en la yuxtaposición de las partes

y en su construcción.

La arquitectura

se adueña del espacio,

lo delimita,

lo encierra,

le pone cerco,

tiene privilegio

de crear

lugares mágicos,

que son producto

exclusivo

del espíritu.

Es arquitecto

el maestro de obras

que satisface lo efímero

a través de lo permanente.

Él es quién,

gracias a una combinación entre intuición y ciencia,

proyecta

una sala hipóstila,

la nave de una iglesia,

un refugio sublime,

que

en su sencillez,

pueden dar cabida

a la variedad

de órganos necesarios

para su funcionamiento.

La arquitectura

es,

de entre todas las

formas de expresión artísticas,

la que está sometida,

en mayor grado,

a exigencias materiales.

Los requisitos

que impone la naturaleza

son eternos;

los que impone el hombre

son efímeros.

Las inclemencias climáticas,

las propiedades de los materiales,

las leyes de la estática,

las deformaciones de la perspectiva,

el simbolismo de las formas,

imponen requisitos

que permanecen.

La eficacia,

las costumbres,

los reglamentos,

las modas,

imponen requisitos

que varían.

El arquitecto,

al construir,

satisface

los requisitos

permanentes

y efímeros.

La construcción

es la

lengua materna

de los arquitectos.

Técnica,

homenaje continuo

a la naturaleza,

alimento básico

de la imaginación,

fuente verdadera

de la inspiración,

invocada por todos

como la lengua materna

más eficaz

de todo espíritu creador.

La técnica,

expresada poéticamente,

nos conduce a la

arquitectura.

El edificio

es el armazón

compuesto por:

elementos y formas sueltas

impuestas por los

requisitos permanentes,

que lo ponen en relación

con el pasado,

confiriéndole durabilidad,

al someterlo

a las leyes de la naturaleza.

Al comienzo,

la arquitectura

sólo existía

como armazón de madera.

Para protegerse

del fuego,

empezó a utilizarse

la piedra.

Y la magia

del armazón de madera

es tan grande,

que se reprodujeron

desde sus ensambladuras

hasta sus hendiduras.

A partir de este momento,

la llamada

arquitectura clásica

no fue más que ornamento.

Mientras tanto,

en suelo de Francia,

nació el estilo románico,

y luego el gótico,

que con sus

arcos y contrafuertes,

invadieron Europa.

Y ahora, por último,

el armazón metálico

y el esqueleto de hormigón armado

están dispuestos

a invadir el mundo,

desde Francia,

con una arquitectura auténtica.

Los grandes edificios

de la actualidad

permiten que se construya

un esqueleto,

un armazón,

de hormigón armado

o de hierro.

El armazón,

es al edificio,

lo mismo que el esqueleto

a los seres vivos.

Al igual que el esqueleto

de un ser vivo

contiene y soporta,

con ritmo y equilibrio,

órganos diferentes

ordenados de diversas maneras,

el armazón de un edificio

tiene que tener un ritmo,

estar en equilibrio

y ser armónico.

Tiene que poder albergar

órganos diferentes,

ordenados de diversas maneras,

según exijan

su función

y su significado.

Aquel

que esconde

algún elemento

del armazón

elimina

el único y más bello ornamento

de la arquitectura.

Aquel que esconde un pilar

comete un error.

Aquel que se equivoca

al colocar un pilar

comete un delito.

Cuando se hayan cumplido

Los requisitos efímeros,

el edificio,

sometido a las leyes humanas

y

a las leyes de la naturaleza,

tendrá carácter,

tendrá estilo

y será armónico.

Carácter,

estilo,

y armonía,

indican el camino,

que a través de la verdad,

conduce a la belleza.

Gracias al resplandor

de la verdad,

el edificio

gana

belleza.

La verdad radica

en todo aquello

que tiene el honor

y la misión

de aguantar

o

proteger.

Aquel que sin haber renegado

de los materiales,

ni de los axiomas modernos,

haya creado una obra,

que aparente

haber estado siempre allí,

puede darse,

en mi opinión,

por satisfecho.

Pues la meta del arte

no consiste en asombrarnos,

ni en

provocarnos.

El asombro

y la provocación

son impresiones efímeras,

sensaciones

ocasionales y anecdóticas.

La meta más sublime

del arte

es

guiarnos dialécticamente

de satisfacción

en satisfacción,

llevándonos desde la admiración

hasta la

serena alegría.

Título original: “Contribution à une théorie de l’Architecture”, publicado por “Cercle d’Etudes Architecturales”, París.

Me pregunto si este texto tiene validez hoy en día para hacer arquitectura contemporánea de la buena… seguramente es mejor aquello que muestra el alma antes que aquello que la oculta bajo ropajes superficiales… (reflexiones tras la visita a numerosas obras de Perret, Le Corbusier, Perrault… y estancia en la Cité de la lumière)

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~ por tifosoarchitecture en noviembre 10, 2009.

 
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